
Explícale tú a un perro senescente, incontinente e impenitente en sus rutinas
el cambio de hora. Hazle entender que mañana, a las ocho para su cuerpo y su vejiga, serán las siete para el
Orden Mundial y para tus legañas. De todas formas, no me quejo: este verano, en
Casablanca, no llegué a saber nunca si la diferencia horaria con la península era de una hora o de dos. En un bar, desesperados ya ante una cita que no llegaba, decidimos preguntar a un camarero si nos podía decir, por
Alá, qué hora era, ya que el reloj que había en la pared marcaba las dos del mediodía mientras los parroquianos aseguraban que era la una. El amable hostelero nos indicó que las dos era
la hora del gobierno, pero que
para todo el mundo era la una; al parecer habían adoptado recientemente la costumbre de los horarios de invierno y verano y el asunto no acababa de cuajar. Yo no veo mal cierto caos en la cuadrícula de la vida. Ayuda a suavizar las aristas.
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